Crítica: La Edad de la peseta por Iñaki Gauna

Martes, 8 de Enero de 2008

Iñaki Gauna

Con una distribución irregular y escalonada está viendo la luz este primer largometraje de ficción del joven director cubano Pavel Giroud, nominado a los Goya como mejor película de habla hispana y que ya ha cosechado algunos premios, bien es cierto que menores, como el “Premio Chris Holter” en el Festival Internacional de Cine de San Francisco o el Premio a la “Mejor Película” en el Festival de Cine de Cartagena.

Si bien se trata de un trabajo hecho por encargo, el novel realizador que fuera codirector junto con Lester Hamlet y Esteban Insausti de la aclamada Tres veces dos(2003), ha sabido hacer suya esta historia cuyo guión está inspirado precisamente en los años niños del guionista, Arturo Infante, el cual fue animado a escribir este guión por el reconocido escritor colombiano Gabriel García Márquez en el transcurso de un taller que impartía sobre “Cómo se cuenta un cuento”.
La Edad de la Peseta, expresión que se refiere en Cuba a esa edad en que la niñez empieza a dejar de serlo y todo parece desajustarse, discurre en la década de los años 50 en una Cuba pre-revolucionaria, y, se centra en las sensaciones, vivencias y pequeños episodios cotidianos de Samuel, un niño de diez años que se traslada a vivir con su abuela junto con su madre después de una larga ausencia.

En cualquier caso, lo de menos en este caso es el argumento de la historia, ya que estamos hablando de una cinta en que la no suceden grandes cosas, al menos desde una perspectiva fenoménica. La acción se circunscribe al mundo de las emociones y los sentimientos que mueven a los tres personajes principales: el niño, la madre y la abuela.

Se nos presenta así una de esas pequeñas historias tiernas, recogidas e íntimas, muy bien contada, en la que se nos propone un viaje nostálgico al abigarrado y alocado universo de sensaciones que conlleva el despertar del niño a nuevas realidades. Y lo hace estableciendo ciertos paralelismos con los sueños y las ilusiones de edades tan dispares como la de su abuela o su madre. En el fondo los tres personajes dirigen su acción buscando satisfacer una necesidad tan básica como es la de sentirse amado.

A pesar de no contar con un gran despliegue de medios, la atmósfera que envuelve esta historia ha sido atentamente cuidada en todos sus aspectos (fotografía, decorados, vestuario, música…) y logra transmitirnos el respirar de una época y ese aire pretencioso y decadente de una burguesía venida a menos. Cada escena, cada detalle, todo tiene su sentido de ser y no se hacen concesiones a la galería. Se trata de un cine que busca valorizar cada uno de los fotogramas y se siente sincero y poco artificioso.

El reparto encabezado por una espléndida Mercedes Sampietro en su rol de abuela “gallega”, y Susana Tejera, haciendo de madre, completan un trabajo profesional y dotan de gran solidez y credibilidad a la historia. El niño (Iván Carrera), sin ser actor, responde a la naturalidad y sensibilidad artística que son de esperar en alguien no maleado por la profesión.

En definitiva, un digno estreno para Giroud, que sin grandes excelencias ofrece evocadores momentos que logran retrotaernos con éxito y cierta melancolía a ese convulso tiempo de revolución de las emociones, que suele deparar el despertar al mundo de los adultos.

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