Crítica: Watts, pesetas y márgenes

 

Ricardo Bajo H.

De las 24 películas que se han podido ver en la V Muestra de Cine Latinoamericano, dos nos han permitido vislumbrar el pujante y joven cine latinoamericano que, si un “fin”, persigue es el rechazo radical al etiquetamiento y encasillamiento. Paradójicamente, este cine, realizado por treintañeros, intimista, personal, desafiante, extremadamente cinéfilo, honesto, deudor del rock y el cómic, es el que más triunfa en el extranjero, el que más repercusión internacional concita, junto con los grandes “monstruos” del cine latinoamericano, aquellos que sacaron cabeza con una etiqueta, la del “nuevo cine latinoamericano” en los sesenta y setenta.
En la V Muestra de Cine Latinoamericano hemos podido gozar con dos películas del joven cine de nuestro continente: “25 watts” de la dupla uruguaya Juan Pablo
Rebella y Pablo Stoll y “La edad de la peseta” del cubano Pavel Giroud.
“25 watts” fue la primera película de Rebella y Stoll, estrenada hace seis años, allá por 2001. Consagró a esta pareja (más tarde se rompió por el suicidio de Rebella) y puso en el mapa al cine uruguayo. 
Rebella y Stoll hicieron esta su **opera prima** a partir de un corto, que agarró cuerpo para pasar a ser su primer largo. En dicho filme se pueden observar varias características a un buen número de jóvenes cineastas latinoamericanos. A saber: ruedan historias pequeñas, íntimas, personales. Lo hacen desde una cinefilia excluyente, aman el cine que les gusta y odian el otro, el resto. Aman Jarmusch, Kaurismaki, Anderson, el neorrealismo italiano, la nueva ola francesa, el cine independiente gringo… ¿Odian? El resto, pues.
Aman la televisión, los Simpsons y más todavía South Park, les gusta el rock, pero no son cerrados, y lo mismo pueden meter boleros, sones o guagancós en su banda sonora, como el cubano Pavel Giroud con su debut en largo, “La edad de la peseta”.
Hacen pelis para ellos y los cinéfilos como ellos. En esta corriente, perdón por lo de corriente, sin duda se inscribe nuestro Martín Boulocq y nuestro Rodrigo Bellott. Más el primero que el segundo. Pero sigamos con las características comunes: se sienten alejados de aquellas películas y directores latinoamericanos que se veían en la obligación de explicar sus países, sus luchas, su violencia, su pobreza, su exotismo, ese cine “for export” que gusta a los europeos y los gringos, y lo que es más preocupante, a nosotros mismos. Es decir, la generación nacida en los setenta ha logrado quitarse el peso de la historia y la ideología (las dictaduras, los mineros, las guerrillas, las desapariciones… pues las sienten alejadas a su vivir cotidiano).
Son cineastas de lo cotidiano, de la poética de los personajes perdidos, desencantados, sin esperanza, como el trío protagonista de “25 watts”, “veintegenarios”, sin ilusiones ni futuro, como los dos cuates de “Lo más bonito y mis mejores años” de Boulocq.
Otra veta que atraviesa estas películas, estos directores: el humor. Un humor sórdido, simple, rozando lo absurdo, esperando a Godoy o a que el cuate traiga una buena peli del videoclub trucho del barrio (por cierto en “25 watts” y en “Lo más bonito…” hay tipos atendiendo un videoclub como Tarantino, antes de ser famoso).
No aspiran a ser Scorsese ni a ganar un Oscar, por eso hacen otras cosas como videoclips para sus bandas favoritas. ¿Es una casualidad que Rebella-Stoll, Giroud y Boulocq rueden clips musicales? Por cierto, Giroud incluso ha sido censurado en Cuba por algún clip irreverente.
Y todos ellos son inclasificables, estando muy lejos ni siquiera de formar un movimiento como lo hicieron los daneses con el Dogma 95.
Y cuando alguien intenta encasillarlos, salen por la tangente, pero sin renunciar nunca a su manera de ver y hacer cine. Por eso, después de “25 watts”, Rebella y Stoll rodaron “Whisky”, una película sobre tres personajes mayores, judíos, en una fábrica de calcetines pero para seguir hablando de lo mismo que en su opera prima: de soledad, de intimismo, de sordidez, con diálogos largos, interrumpidos, con ascetismo.
Por la misma “razón”, por esa manía de hacer películas personales e intimistas, el cubano Pavel Giroud, auténtico “niño terrible” del cine cubano más joven, después de varios cortos y un mediometraje, se estrena con “La edad de la peseta”, una peli de época, para hablar desde una historia chica, ínfima, desde los márgenes, reflexiva.

 

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Un comentario en “Crítica: Watts, pesetas y márgenes

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