La edad de la peseta / The silly age at Toronto International Film Fest

Diana Sanchez

Pavel Giroud’s first feature, The Silly Age, is a quirky, surprising coming-of-age film that will give lovers of Cuban cinema cause for celebration. Giroud demonstrates a talent for creating ambience, as well as for telling a very small, personal story while at the same time commenting on his country’s social and political history.

Havana, 1958, the year that culminates in the triumph of the Revolution. Ten-year-old Samuel (Iván Carreira) has just arrived in town with his recently divorced mother, Alicia (Susana Tejera). They make a striking pair: from their demeanour it seems she is the child and he the adult. They take up residence in the house of his eccentric grandmother Violeta (Mercedes Sampietro), and Samuel is introduced to a new, mysterious world: Violeta’s house has rooms where entry is prohibited and cupboards filled with images of the saints.

The relationship Samuel develops with his grandmother is quite singular. At first it is strained – she is annoyed that she hasn’t heard from her daughter in five years and she is not used to having a child in the house. But she soon discovers a kindred spirit in her grandson, and he begins to help her and eventually overtakes her in her craft as a portrait photographer – an activity that leads to his first experiences with love and with death.

The palette of this expertly shot film is rich and varied; it seems that the same care that Samuel and Violeta take increating their portraits goes into the film’s artistic direction. Giroud is able to recreate the past through very subtle, finely tuned details like Alicia’s wardrobe, reminiscent of Wong Kar-wai’s In the Mood for Love. The mysterious world that is only possible in a child’s imagination is brought to life on screen: a dark room becomes a chamber of secrets, a doctored photo left on Samuel’s bedside table becomes proof that Violeta can turn him into a cat. Wistful and nostalgic, The Silly Age signals the emergence of a new, creative talent capable of meshing many contrasting themes in order to evoke a time long past.

 

© 2006 Toronto International Film Festival Group. All rights reserved. Box Office: (416) 968-FILM

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Crítica: La edad de la peseta: sencilla y profunda producción cubana

María Cristina / Especial para En Rojo   
El gran atractivo del filme cubano La edad de la peseta es precisamente que no trata de parecerse a ese otro cine, ya sea el “mainstream” o el que se mercadea como cubano en Europa y otros lugares del mundo. 

Recientemente releí el ensayo de Teshome Gabriel, “Towards a Critical Theory of Third World Films” publicado originalmente en 1989. Su tesis principal es que lo que define al cine del entonces llamado Tercer Mundo (hoy países en desarrollo) es su manejo del tiempo y el espacio. Mientras el cine comercial tiende a enfatizar el tiempo, este otro cine recrea múltiples conceptos de espacio. Esto se logra con el plano general, el corte transversal, el plano detalle, las vistas panorámicas y el concepto del silencio. El gran atractivo del filme cubano La edad de la peseta es precisamente que no trata de parecerse a ese otro cine, ya sea el “mainstream” o el que se mercadea como cubano en Europa y otros lugares del mundo: movimiento rápido de sus actores, diálogos  continuos, disputas incesantes entre muchos en tono candente y vocabulario cortante, desnudos de mujeres– especialmente de mulatas-, movimiento incesante de cuerpos ya sea en el baile, el caminar o teniendo sexo y colorido intenso.

El tempo lento, casi detenido, la humedad del ambiente y la inserción de la radio como elemento influyente en las vidas de los personajes de este filme me recordó la excelente adaptación de la novela de Clarice Lispector, La hora de la estrella, dirigida por la brasileña Suzana Amaral. En La edad de la peseta el niño de diez años que juega entre la niñez y la adolescencia es nuestro guía en un mundo que para él es nuevo, confuso, frustrante y lleno de experiencias enriquecedoras. A través de él conocemos no solamente a la madre divorciada, la abuela intransigente y cascarrabias, la mujer de sus sueños sino también una Cuba a punto de cambiar irreversiblemente.

En este año de 1958, Samuel y Alicia llegan a la casona habanera de la abuela. La bienvenida es muy fría y todo parece estar prohibido dentro de esta casa tan ajena. La escuela de curas es un lugar de rivalidades y alianzas temporeras. Los personajes se emplean tomando y retocando fotos, mecanografiando (como en La hora de la estrella), vendiendo zapatos y otros quehaceres que le permiten proveerse lo necesario en tiempos turbulentos que todos parecen tratar de ignorar, o desmentir o falsear. Para Alicia, con su impecable vestir de mujer seductora, ir a entrevistas para conseguir empleo, ir al cine para llorar con un dramón, tomar un trago para olvidar sus penas y frustraciones, lo importante es conseguir una seguridad emocional y económica. Para conseguirlo jugará su baraja de “damsel in distress” y así asegurarse un buen matrimonio. Para Samuel, con sus silencios y figura casi borrosa, la casa de la abuela es el laberinto que se empeña en explorar con sus altares de santos y cuartos vedados. Para la abuela es un desafío el convivir con su hija nuevamente y lidiar con un niño grande que apenas conoce.

El filme tiene una impecable ambientación con el Radio Reloj que da la hora, las noticias del momento que deciden informar, la música popular, los anuncios y sus jingles. A esto se les añade los diseños arquitectónicos de exteriores e interiores de edificios y casas, los autos casi de showroom que transitan por las calles de La Habana y el vestuario tanto femenino como masculino con todos sus detalles. Ésta es La Habana de Jesús Díaz en Los años duros y de Mayra Montero en Son de Almendra. Y aunque el pietaje que aparece al principio del filme de una entrevista con Fidel hablando en inglés en la Sierra Maestra parece muy distante de la cotidianidad de la historia es indicio de la turbulencia que se conoce pero se ignora por una gran parte de la población. Son estos mismos ciudadanos comunes los que se unirán a los miles que recibirán a Fidel y los Barbudos en su entrada a La Habana el 1ero de enero de 1959.

Sin duda el personaje de la abuela es central a toda la historia pero no como protagonista sino como facilitadora para Samuel en esta etapa pre-adulta, consejera y confidente de vecinas y conocidos, tejedora de sueños a través de sus fotos, preservadora de una historia cambiante en el exterior pero sólida y estable en el interior. Su aparente rigidez– frente a la flexibilidad de Alicia que puede ir de relación en relación– es el ancla que Samuel necesita en esta etapa de cambio de vivienda y escuela. De no permitir que Samuel invada ni una pulgada de su privacidad a convertirlo en su asistente es la evolución emocional y física de una abuela y un nieto. Es un enlace que nunca se romperá no importa la lejanía ni la superación de la edad de la peseta. 

La escritora cubana radicada en los Estados Unidos, Cristina García, también dramatiza en su novela Dreaming in Cuban ese lazo entre estas dos generaciones en la historia de Pilar y su abuela Celia. Alicia, por su parte, parece estar flotando entre relaciones y lo apuesta todo– especialmente ese cuerpo y esa cara que cuida demasiado– para conseguir el hombre que le traiga estabilidad y seguridad a su familia. Alicia se presenta desde el principio como una madre muy afectuosa pero más que nada la vemos como una Emma Bovary que cree que cada hombre que conoce será su salvación de una vida de soledad y aburrimiento.

La edad de la peseta también presenta cómo la familia decide separarse porque unos prefieren irse a los Estados Unidos que estar bajo el tutelaje soviético y otros se quedan porque Cuba es su hogar no importa qué. La despedida parece marcar una separación breve, máximo de tres a seis meses, y por eso la partida no es desgarradora pero sí dolorosa. Las noticias de la Revolución que se acerca se recogen en algunas transmisiones de radio de onda corta, comentarios, rumores, conversaciones inconclusas y hojas sueltas en la calle. A los diez años se escuchan muchas cosas pero lo que más le afecta es el ver cómo la mujer de sus sueños se disuelve en los brazos de un Barbudo.

Y mientras vemos el auto que lentamente lleva a Samuel, Alicia y su nuevo esposo a la embarcación que los llevará a la costa de los Estados Unidos, queda en nuestra memoria Fidel hablando en inglés, los Barbudos entrando a La Habana y una mujer que queda en la casa de su pasado que transforma en presente como miembro de una comunidad dispuesta a incorporarse a los cambios que se avecinan.

Crítica: Cuando se consigue tener estilo

Yinett Polanco • La Habana

Acabo de ver La edad de la peseta y lo primero que se me ocurrió pensar al salir fue: es una película de Pavel Giroud y Arturo Infante. Parece verdad de Perogrullo, para saber eso bastaría con leer los créditos, pero no es a algo tan obvio como los créditos a lo que me refiero, sino a la marca de cada uno de estos realizadores impresa en el filme.

Es imposible ver esta película sin remontarse a Flash, el primer cuento de Tres veces dos y caer de lleno contra las constantes que asedian (¿consciente o inconscientemente?) a Pavel Giroud: la cámara fotográfica presente en toda la historia, casi a modo de hilo conductor; la modelo de “belleza incuestionable”, como él mismo la ha llamado, que obsesiona al protagonista; el interés por la Habana de los cincuenta, de la cual ha logrado en este caso una reconstrucción perfecta -tanto más loable si se tiene en cuenta que se obtiene sin sumas astronómicas de dinero y sí a partir de pequeños detalles o ángulos de cámara inteligentes.

También se aprecia en la película la obvia influencia del video clip en la estructuración y edición de la historia -tema que le concierne tanto a él como a Léster Hamlet, encargado del montaje del filme- y finalmente está el hecho de preferir a actores no profesionales como protagonistas, lo cual le dio buen resultado en Flash, pero le ha salido extremadamente bien en La edad de la peseta. La actuación del niño Iván Carreira sorprende por su naturalidad y frescura, del desempeño de este pequeño aficionado deberían aprender unos cuantos actores profesionales y supuestamente consagrados, al menos en cuanto a sensibilidad artística y versatilidad histriónica se refiere. Para Pavel queda el mérito en primera instancia de la selección y en segundo lugar que gracias a su dirección, Samuel fuera un niño completamente creíble y real.

Pero esta historia no es de Pavel, es decir, el guión no es de su autoría. Y es allí donde está la marca indeleble de Arturo Infante. Ya una vez en un comentario sobre la obra de Arturo dije que a pesar de su juventud, esta era imposible de confundir, el hecho de que en un guión escrito hace tanto tiempo ya estuvieran las claves de su quehacer posterior, me demuestra que estaba en lo cierto.

De Arturo es ese humor, muchas veces irónico, que se encuentra en la película, humor que se aleja del gags gastado o la situación que reclama la estrepitosa carcajada -presente en buena parte del cine cubano sobre todo de los noventa- para acercarse a la sonrisa cómplice que pone en juego las competencias cognitivas del público. De Arturo es también la capacidad de armar una historia pregnante con pocos personajes y dejar entrever debajo de una trama aparentemente sencilla todo un mundo de subtextos y marcadores de segundas y terceras lecturas.

La relación director-guionista entre Pavel Giroud y Arturo Infante fue la un perfecto matrimonio según han declarado ambos. La química existente entre ellos garantizó la calidad del filme a pesar de ser para los dos su primer largometraje. Sin embargo, a pesar de esta magnífica simbiosis, el estilo de cada uno es tan definido que puede fácilmente reconocerse el aporte de cada quien a esta película.

En una generación de cineastas jóvenes, por desgracia signados muchas veces por ser más de lo mismo, los nombres de Pavel Giroud y Arturo Infante (junto con dos o tres excepciones más por supuesto) podrían citarse como parte del selecto grupo que ha conseguido hacerse de un verdadero estilo propio. La edad de la peseta es la mejor muestra de ello.

Entrevista- Pavel Giroud: Ante todo, hacer cine

Enviado el Viernes, 20 de Octubre del 2006 (18:51:54)
CineNos falta cine. Para que el cine sea reflexivo necesita ante todo ser cine. Nos falta un pensamiento crítico desde la creación. Toda obra de arte ha de ser crítica.  

por Aday del Sol Reyes 

Llega a la pantalla grande La edad de la peseta, una nueva propuesta fílmica a cargo del joven director Pavel Giroud. La cinta, realizada en coproducción con Mediapro de España y Alter Producciones de Venezuela transcurre en La Habana de 1958, donde Alicia (Susana Tejera) y su hijo Samuel (Iván Alberto Carreira Lamothe) regresan a la casa de su abuela, Violeta (Mercedes Sampietro) y se encuentran el rechazo de una huraña señora, con pocos deseos de compartir su privacidad. 

La edad de la peseta no es una película para niños, aunque sea un niño su protagonista. Es la visión de los adultos sobre la infancia y sobre cómo, durante esta etapa, no tenemos en nuestras manos el control de nuestro destino”, ha destacado en varias oportunidades Giroud. 

Independientemente del éxito que pueda tener el filme es evidente que ya tiene varios aspectos a su favor: el rol protagónico de la reconocida artista española Mercedes Sampietro, quien ha recibido importantes premios internacionales y la acertada decisión de dejar en manos de Ulises Hernández (pianista y compositor), la música original del largometraje, el guión al novel Arturo Infante (guionista), la edición a Lester Hamlet y la fotografía a Luis Najmías. 

Pavel Giroud, considerado el más ocupado de los jóvenes cineastas cubanos, tiene entre otros, la primera historia (Flash) de la multipremiada cintaTres veces dos, y en el 2002 el guión Emporio Habana, con el que obtuvo la beca Fundación Carolina (España 2002) para desarrollo de proyectos cinematográficos. 

A propósito del estreno de La edad de la peseta en Cuba nuestro sitio web aprovechó la ocasión para conversar en exclusiva con su director quien, con la sencillez que caracteriza al talento, accedió gustosamente. 

Según el presidente del ICAIC el cine cubano está en un buen momento. ¿Compartes este criterio? 

―Según como lo miremos. Creo que efectivamente, a nivel de pluralidad de ofertas, sí vivimos un momento que se venía pidiendo a gritos. Hay más géneros en la actual propuesta y recuerdo que esa era una de las premisas de la película Tres veces dos, lograr que el cine cubano se desprejuiciara y asumiera posturas sin complejos. 

“Podemos hacer comedias, thrillers, musicales, ciencia ficción, etc y no terminar siendo un subgénero en sí mismo. El ICAIC asumió en un momento la política de autor y en otro se volcó completamente al populismo; salvando obras y autores que no constituyen la regla. De cualquier manera, me parece que sería más sano decir que el mejor momento del cine cubano está por llegar.” 

¿Consideras una tendencia de los jóvenes realizadores cubanos mostrar un cine de reflexión, un poco alejado de lo que el público cubano está acostumbrado a ver? 

―Creo que esa intención de cine reflexivo ha estado siempre presente. A nuestro cine lo ha caracterizado históricamente la sobredosis de buenas ideas y casi todas bastante comprometidas, con más intenciones de mover el pensamiento que el mero entretenimiento, pero muchas de estas buenas ideas no han llegado a feliz resultado. Una buena idea puede tenerla cualquiera, pero un buen guión no puede escribirlo cualquiera; incluso, cualquiera que ya haya escrito un buen guión antes. 

“No solo hay un histórico problema en el parque de guiones, hay otras zonas donde se ve «carencia de cine», donde la cámara es como un artefacto que sirve para poner delante a los actores para que hablen; las locaciones simples ambientes donde estos deben moverse y el sonido se restringe a escuchar sus voces y una musiquita (o musicona) oportuna (o inoportuna). Nos falta cine. Para que el cine sea reflexivo necesita ante todo ser cine. 

“Volviendo a la pregunta, creo que hay mucha pretensión y poca concreción. Hay muchos deseos de renovar sin saber qué hay que renovar. Nos falta un pensamiento crítico desde la creación, motor que ha impulsado grandes movimientos como La nueva ola en Francia, El free cinema en Gran Bretaña, El neorrealismo en Italia o más recientemente el Dogma danés. No se puede rediseñar de la nada y hacia la nada. 

“Si hay algo loable en el cine más joven es que estamos tratando de hacer el cine que quisimos ver cuando éramos únicamente espectadores y es por ello que se ve tanta lanza aguda contra los problemas sociales, económicos y políticos, pero desgraciadamente en un gran por ciento de las obras, la crítica se convierte en criticonería y lo que debe ser una obra cinematográfica se convierte en un simple sketch subidito de tono que pasa de disco duro en disco duro como obra maldita”. 

¿Cuál fue la reacción del público y la crítica especializada en el 31 Festival Internacional de Toronto el pasado septiembre? 

―Será mejor que te lo anexe para que lo tengas de primera mano. Al final de la entrevista te incluyo un resumen de esto, lo que salió desde la crítica y segmentos de un foro del festival donde el propio público se recomienda o no, las cintas que han visto. 

Mercedes Sampietro expresó que la experiencia de trabajar con un novel director fue maravillosa. ¿Qué significó para ti trabajar con una actriz de vasta experiencia en el séptimo arte? 

―Cada actor con los que trabajé me proporcionaron mucha dicha y con cada uno de ellos aprendí mucho. Ya sé que esto se dice a menudo, pero por algo se dice a menudo. Ya que la pregunta se refiere directamente a Mercedes, debo decirte que lo que más me gustó es que al igual que yo, detesta el ensayo de intención, o sea, cuadrábamos bien cada movimiento, pero no la intención. Dejábamos claro los rangos de reacción en conversaciones previas y lo hacíamos luego. Es una actriz que logra mejores resultados en las dos primeras tomas y eso no podía desaprovecharlo. Fue muy disciplinada, como gran actriz que es. Su oficio y experiencia fueron un bastón en los que me apoyé constantemente, además tiene la sonrisa más bella del mundo y eso basta para que yo me sienta a gusto con alguien. 

¿Qué importancia le confieres a la música del filme (Ulises Hernández)? 

―Desde mis primeros trabajos se advierte cuán importante son para mí el sonido y la música como parte de él. El sonido de la música tiene tanto valor como el de una puerta que se cierra, incluso como su ausencia. 

“Ulises es de esos músicos que no crea desde la propia música, su universo es más amplio. El resultado de su trabajo es consecuencia de la relación que tiene con las otras artes. Entiende el valor de la música como parte de la banda sonora y que lo más importante es la secuencia globalmente. Quizás un tema musical que funciona muy bien en una escena, tiene muy poco valor si te sientas a escucharlo en un disco y eso no todo músico es capaz de comprenderlo. 

“También la música en La edad de la peseta se mueve en otras direcciones. Una, el uso de música de archivo, otra, las variaciones de canciones clásicas y la creación de música imitando estilos musicales de determinados contextos de la época. Fue un trabajo divertido.” 

¿La edad de la peseta sigue los ideales del Nuevo Cine Latinoamericano ―de un cine auténtico, popular, crítico y en permanente búsqueda de la identidad nacional? 

La Edad de la peseta sigue mis ideales. Si estos sintonizan o no con los postulados comunes del cine latinoamericano no me he detenido a pensarlo. Necesito tomar distancia, aún la película está fresca en mí. Te puedo decir que es muy sincera, despojada de concesiones y todo lo virtuosa que logré hacerla, lo cual no quiere decir que esté todo lo bien que debiera. Sí es crítica. Toda obra de arte ha de ser crítica y si buscar en el pasado para explicar el presente es explorar en la identidad de la nación, pues véanla cercana a estos ideales. 

¿Qué experiencias le dejó a Pavel Giroud la dirección de su primer largometraje? 

―Negativas, ninguna. Claro que hubo cosas que no me salieron bien, pero eso no lo hace negativo como experiencia. Esos errores no los volveré a cometer. 

Coméntanos cómo surgió Guagua & Co. y quiénes lo conforman… 

―Guagua & Co es una de las tantas productoras paródicas que hay entre los que hemos venido haciendo cine desde los márgenes. Lo componen un grupo de amigos decididos a aportar lo que puede, unos su talento, otros la cámara, algunos un par de luces. Lester Hamlet y yo hemos sido como los gestores y esto comenzó el día que entre los dos juntamos nuestros ahorros para comprar una computadora y hacer películas caseras. 

Lo próximo que tienes en mente es una película titulada Omertá. ¿Pudieras adelantar algo a los espectadores sobre esta nueva propuesta? 

-Más que en mente, está en papel. Omertá es una historia que escribí en apenas quince días, hace ya un par de años. Uno de los tantos proyectos que tenía engavetados y que pensaba dormiría el sueño eterno hasta que decidí inscribirlo en el Festival de La Habana y ganó el premio de guión inédito lo cual me permite realizarlo, pues parte del premio es la disposición de recursos para llevarlo a cabo. Llegó cuando no lo esperaba, pues llevaba unos cuantos años en que mis guiones fracasaban en este evento. Una vez llegué a finalista y lo vi como la gran oportunidad perdida, sin embargo esta vez fui el afortunado. 

“Es una historia que se mueve entre el año 1961 y 1970, aunque casi toda la acción se ubica en un día, donde tres hombres rompen el piso de una elegante mansión mientras una mujer atada es testigo de todo, a la vez que la policía tiene rodeada la casa. Así voy contando cómo cada uno de ellos llega a esa situación extrema, siempre centrándome en Rolo Santos, un hombre de 60 años, renuente a envejecer que trata de revivir sus días de gloria, cuando era guardaespaldas de un célebre gangster radicado en La Habana pre revolucionaria. Los otros dos, son unos jóvenes de maneras bien lejanas a las suyas. 

“Una historia sobre el drama del envejecimiento, salpicada de ironía, elementos de género y con un tratamiento general bien diferente a La edad de la peseta.” 

Crítica: La Edad de la peseta por Rolando Pérez Betancourt

La edad de la peseta 

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Presentada en premier por el Día de la Cultura Cubana, La edad de la peseta tendrá su estreno dentro de unas semanas, en el Festival del Nuevo Cine, pero desde ya debe conocer el espectador que se enfrentará con una bonita película.

Se sabe que lo de “bonito” se presta para una interpretación ambigua y que en los dominios de la alta estética al término se le deglute con sospechas y hasta aversión por lo mucho que de trampa sensitiva puede acarrear. Pero hay que rescatar el concepto y limpiarlo de prejuicios para calificar el filme de Pavel Giroud, una historia que además de bien realizada es bonita porque ilumina, sin artificios, esas zonas confluentes del sentimiento y la razón en la que, para entrar, se requieren llaves precisas.

La trama pareciera simple: estamos en el año 1958 y tras cinco años de peregrinaje, una madre regresa al hogar materno trayendo de la mano a un hijo de diez años con padre desentendido. De los encontronazos del niño con una abuela fotógrafa, tan misteriosa como autoritaria, trata buena parte del filme. Pero por suerte es mucho más que eso, porque recurriendo a componentes artísticos de toda índole, se ofrece el pulso de una época y las motivaciones de unos personajes perfectamente trazados y que llegarán, mediante elipsis elaboradas hacia los finales, hasta los dos primeros años de la Revolución.

Mundo de revelaciones humanas, sociales y hasta políticas, recurriendo no pocas veces a sutiles subrayados y que sin carecer de gracia, le da el esquinazo al fácil sainete.

El título predispone algo porque puede pensarse que vamos a encontrarnos con el clásico “niño pesao” haciendo de las suyas en una etapa que muchos padres prefieren recordar menos. Pero lo cierto es que casi todas las sonadas reacciones del niño responden más a lógicas respuestas (el padrastro que se le quiere imponer, el condiscípulo que lo agrede, la abuela “malévola”, la madre buena, pero insegura, el “vámonos, que esto es comunismo”), que a una conducta indócil.

Algo que, parafraseando a Arturo de Córdova (intérprete de tantas películas “bonitas” desde otras perspectivas) “no tiene la menor importancia”. Pero más que estar en la edad de la peseta, el niño de la película se encuentra en ese tránsito en que, sin perder la ingenuidad, se descubren demasiados mundos paralelos, como son la fantasiosa cuarta dimensión —propicia para un entendimiento y con tantos significados, que le ofrece la abuela— y la llegada del amor imposible, recreada con mágica composición a partir de la presencia de Carla Paneca.

Estimula ver la factura técnica con que está concebida La edad de la peseta y el esfuerzo de sus realizadores para desmarcarse con originalidad de lo recurrente. Al guión de Arturo Infante, en un tema que no es nuevo y que de alguna manera ha sido saboreado lo mismo por Truffaut (Los cuatrocientos golpes), que por Fellini (Amarcord), hay que unirle la fotografía de Luis Najmías, con sugestivos ángulos y aliento de época, empresa en la que resulta determinante la dirección artística y el maquillaje. Aquí está La Habana de los cincuenta con algunos de sus “valores” resaltados sin estridencias, como esa mujer que por ser divorciada es discriminada y no encuentra el trabajo que pretende. Una Habana que sin reconstruirse en grandes decorados, acudiendo más bien a locaciones mínimas, los que la conocieron —que no es el caso de los realizadores— la identifican y la sienten.

La española Mercedes Sampietro, como la abuela, cuenta con la fuerza necesaria como para devorar ella sola la película. Iván Carreira, sin tener que actuar con todas esas caritas y muequitas que a veces lastran el desempeño de los niños actores, está acorde con la candidez que lo espolea. Pero lo que para este cronista constituyó la gran sorpresa, fue el desempeño de Susana Tejera como Alicia, la madre del niño. Personaje de época, rico en matices, variable y emocional, la actriz regala una de las actuaciones femeninas más convincentes vistas en los últimos tiempos en el cine cubano.

Cine nuestro en coproducción, La edad de la peseta es una prueba de que se puede realizar una excelente película sin dejar el pellejo de lo creativo y auténtico en los altares de las concesiones.

Los espectadores la disfrutarán en el próximo Festival, y entonces habrá que volver sobre ella.

Crítica: La edad de la peseta por Sergio Monsalve

 SERGIO MONSALVE. Septiembre 21, 2007 

Por lo general, tópicos como la revolución castrocomunista, la nostalgia por la Habana vieja, la pasión ciega por la cultura antillana y la reivindicación de sus orígenes sociales, son dignos de la mayor sospecha. Cuando no se les explota para ocultar verdades incómodas a través de biombos cursis, se les utiliza para justificar propagandas políticas encubiertas de buenas intenciones. Y nunca falta un largometraje superficial presto a sacarles provecho, de manera oportunista al amparo del ICAIC. Por fortuna, nada más apartado de la cuarta dimensión de “La Edad de la Peseta“, un esmerado trabajo cubano en las antípodas del panfleto mentiroso, maniqueo y retroprogresista al uso.Si usted es de izquierda, compre la entrada con confianza, porque no se va a decepcionar. Si usted es de derecha, pues le recomiendo dominar sus prejuicios y atreverse a experimentar una ilusión vital distinta a la habitual y diferente a la monocorde oferta de la meca. Si usted es de centro, como yo, lo invito a desentrañar el significado de una película redonda y llena de momentos logrados, capaz de erigirse en espejo de la Caracas de hoy, con sus divisiones, fragmentaciones y acontecimientos en pleno desarrollo. La Ficha Técnica “La Edad de la Peseta” sorprende a propios y extraños. No parece la segunda empresa de un cineasta joven, sino la cúspide estética de un autor maduro nacido en el continente. Es más, cientos de autores latinoamericanos pasan a retiro, sin si quiera rozarle los talones a Pavel Giroud, especie de alumno aventajado egresado de la Escuela de San Antonio de los Baños. Su lente denota una rigurosa habilidad para la composición de encuadres pictóricos, influidos por la corriente clásica. A primera vista, se le puede rechazar por exquisito y antiséptico, e incluso por imbuir su atmósfera de un aire artificial cercano al de las postales turísticas. Sin embargo, su propuesta fotográfica tiende a justificarse en cuanto “La Edad de la Peseta” busca ilustrarse como una remembranza onírica, como una evocación subjetiva reconstruida por la mente de un niño de diez años, sometido a los estímulos de las tapas de revista de la época. De ahí, la inclinación de la luz por emular el color sobrecargado de los antecedentes y equivalentes a las Variedades y Cosmopolitan del actual reino kitsch. Además, el realizador se muestra solvente en la planificación de climas de tensión y en la dirección de actores profesionales y amateurs. De hecho, el chico Iván Carreira amenaza con eclipsar, por ratos, las impecables contribuciones de Susana Tejera y Mercedes Sampietro, en clave de chicas deslenguadas, independientes y al borde de un ataque nervios. Paralelamente, la herencia de Almódovar se detecta en el deleite por el fetichismo erótico, en el amor por el estilo neonoir, en la obvia sensibilidad feminista y en el sentido del humor negro, verbalizado por acotaciones mordaces. Todo menos un cascarón vacío. Pequeña Revancha “La Edad de la Peseta” habla del fin y del principio de una etapa en la historia cubana. El contexto es el Vedado de 1958, a días de la victoria definitiva del Ché en la Habana. Tres almas de clase media son los personajes principales de semejante relato de iniciación, filtrado por los ojos de un muchacho carente de afecto. Su visión lúgubre y atormentada, permite comprender la incertidumbre de un entorno desmembrado ante los cambios por venir. Cualquier parentesco con el Sergio de “Memorias del Subdesarollo”, no es mera coincidencia. Su enfoque melancólico rehuye del optimismo dulzón, para aproximarse a la dureza del descubrimiento de la eterna soledad. En su abuela, reconocerá a una aliada y a un ejemplo a seguir. Luego de superar el miedo y aceptar su destino en el exilio, posiblemente su único refugio radique en la posibilidad de soñar con un futuro ideal. He aquí, entonces, un resumen arquetípico del país del caribe, todavía fracturado por la memoria desgarrada.

Crítica: La Edad de la peseta por Iñaki Gauna

Martes, 8 de Enero de 2008

Iñaki Gauna

Con una distribución irregular y escalonada está viendo la luz este primer largometraje de ficción del joven director cubano Pavel Giroud, nominado a los Goya como mejor película de habla hispana y que ya ha cosechado algunos premios, bien es cierto que menores, como el “Premio Chris Holter” en el Festival Internacional de Cine de San Francisco o el Premio a la “Mejor Película” en el Festival de Cine de Cartagena.

Si bien se trata de un trabajo hecho por encargo, el novel realizador que fuera codirector junto con Lester Hamlet y Esteban Insausti de la aclamada Tres veces dos(2003), ha sabido hacer suya esta historia cuyo guión está inspirado precisamente en los años niños del guionista, Arturo Infante, el cual fue animado a escribir este guión por el reconocido escritor colombiano Gabriel García Márquez en el transcurso de un taller que impartía sobre “Cómo se cuenta un cuento”.
La Edad de la Peseta, expresión que se refiere en Cuba a esa edad en que la niñez empieza a dejar de serlo y todo parece desajustarse, discurre en la década de los años 50 en una Cuba pre-revolucionaria, y, se centra en las sensaciones, vivencias y pequeños episodios cotidianos de Samuel, un niño de diez años que se traslada a vivir con su abuela junto con su madre después de una larga ausencia.

En cualquier caso, lo de menos en este caso es el argumento de la historia, ya que estamos hablando de una cinta en que la no suceden grandes cosas, al menos desde una perspectiva fenoménica. La acción se circunscribe al mundo de las emociones y los sentimientos que mueven a los tres personajes principales: el niño, la madre y la abuela.

Se nos presenta así una de esas pequeñas historias tiernas, recogidas e íntimas, muy bien contada, en la que se nos propone un viaje nostálgico al abigarrado y alocado universo de sensaciones que conlleva el despertar del niño a nuevas realidades. Y lo hace estableciendo ciertos paralelismos con los sueños y las ilusiones de edades tan dispares como la de su abuela o su madre. En el fondo los tres personajes dirigen su acción buscando satisfacer una necesidad tan básica como es la de sentirse amado.

A pesar de no contar con un gran despliegue de medios, la atmósfera que envuelve esta historia ha sido atentamente cuidada en todos sus aspectos (fotografía, decorados, vestuario, música…) y logra transmitirnos el respirar de una época y ese aire pretencioso y decadente de una burguesía venida a menos. Cada escena, cada detalle, todo tiene su sentido de ser y no se hacen concesiones a la galería. Se trata de un cine que busca valorizar cada uno de los fotogramas y se siente sincero y poco artificioso.

El reparto encabezado por una espléndida Mercedes Sampietro en su rol de abuela “gallega”, y Susana Tejera, haciendo de madre, completan un trabajo profesional y dotan de gran solidez y credibilidad a la historia. El niño (Iván Carrera), sin ser actor, responde a la naturalidad y sensibilidad artística que son de esperar en alguien no maleado por la profesión.

En definitiva, un digno estreno para Giroud, que sin grandes excelencias ofrece evocadores momentos que logran retrotaernos con éxito y cierta melancolía a ese convulso tiempo de revolución de las emociones, que suele deparar el despertar al mundo de los adultos.